El sol del atardecer se filtraba entre los ventanales grasientos del taller mecánico «Sato & Hijos», proyectando largas sombras doradas sobre el piso de concreto manchado de aceite industrial. El ambiente olía a una mezcla inconfundible de gasolina quemada, solventes, grasa pesada y el aroma dulzón del café barato que hervía en una vieja cafetera sobre una repisa.
El señor Sato, un hombre en sus setenta y tantos años, pasaba pacientemente una franela amarilla sobre el asiento de cuero de una impecable motocicleta verde y blanca marca Honda Super Cub. Sato vestía su atuendo habitual: una camisa hawaiana estampada con palmeras rojas y amarillas, un gordo delantal de lona azul marino lleno de remaches y bolsillos con herramientas pequeñas, y unas llamativas gafas protectoras sobre su frente que le daban un aspecto entre un sabio artesano y un científico chiflado de otra época. Sus manos, surcadas por vetas de venas prominentes y marcadas por décadas de cicatrices de llaves inglesas y cortes de metales, se movían con una delicadeza casi quirúrgica. Para Sato, cada máquina tenía alma, y devolverle la vida a un motor no era solo su oficio, sino su única forma de meditación.
Sopló suavemente para quitar una mota invisible de polvo del manubrio chromeado y murmuró para sí mismo: —Listo, ya quedó.
Justo en ese momento, una sombra pesada bloqueó por completo la entrada del taller, tapando la luz del atardecer.
Tres hombres caminaron hacia el interior del garaje. Sus pasos retumbaron en el espacio cerrado con el eco sordo de botas de casquillo militar sobre el concreto. Al frente Venía «El Toro», un sujeto gigantesco de cabeza rapada, tatuajes tribales que le cubrían el cuello como si fuesen llamas y un chaleco de mezclilla desgastado repleto de parches de calaveras, insignias rebeldes y un distintivo que leía La Garra. A sus espaldas lo custodiaban dos compinches de aspecto amenazante: uno alto y con rastas oscuras que mantenía los brazos cruzados, y otro de barba tupida y mirada fría que esbozaba una sonrisa burlona.
El Toro se detuvo a apenas un metro de Sato, inflando el pecho tatuado y apoyando las manos en el cinturón de cuero.
—¿Cuánto es? —preguntó El Toro con una voz grave que sonaba como piedras raspando contra metal.
Sato no se inmutó. Se acomodó lentamente las gafas protectoras sobre los ojos y respondió con una calma casi exasperante: —Ciento veinte.
El Toro soltó una carcajada seca, desprovista de cualquier sentido del humor. Miró de reojo a sus acompañantes y luego volvió a fijar la vista en el anciano. —No voy a pagarte.
Sato pausó su movimiento. Con serenidad, guardó la franela en el bolsillo de su delantal, levantó la mirada para sostenerle el contacto visual fijamente al gigante y dijo sin titubear: —Entonces no te llevas la moto.
La atmósfera del taller cambió en un segundo. El ambiente se volvió denso, sofocante. El Toro frunció el ceño, dando un paso al frente hasta romper cualquier margen de espacio personal. La diferencia de estatura y corpulencia entre ambos era abismal; Sato parecía una figura frágil frente a una muralla de carne, músculos y malicia.
—¿Qué dijiste? —gruñó El Toro, inclinándose hacia abajo para dar cada palabra directamente en la cara del mecánico.
—Que primero pagas —replicó Sato con voz firme, sin que un solo músculo de su rostro maduro delatara el menor vestigio de miedo.
El Toro soltó una bufada de rabia contenida. Sus ojos se inyectaron en sangre y su cara se contrajo en un gesto de pura arrogancia. —Viejo… estás hablando demasiado —dijo, amenazante, acortando la distancia hasta que su aliento a tabaco y alcohol rancio rozó el rostro del anciano.
—Y tú todavía me debes ciento veinte —contestó el viejo Sato, impertérrito.
Esa respuesta fue la gota que derramó el vaso. Enloquecido por la falta de sumisión del anciano, El Toro dio un manotazo violento hacia un carrito metálico de herramientas que estaba al lado de la motocicleta. El estruendo fue ensordecedor. Decenas de llaves españolas, desarmadores, tuercas, tornillos y alicates salieron volando por los aires y rebotaron escandalosamente por todo el suelo del garaje.
—¡¿Todavía quieres cobrarme?! —gritó El Toro con una risa demencial mientras sus dos secuaces soltaban carcajadas ruidosas a sus espaldas, disfrutando de la demostración de fuerza bruta.
—Sí —respondió Sato, sin mover un solo pie del lugar.
El Toro dio un paso más, alzando los brazos como un animal salvaje marcando su territorio. —¡Aprende con quién te metes!
Sato suspiró suavemente, negó con la cabeza con una lástima profunda y pronunció con voz serena: —El que debería aprender eres tú.
El Toro estalló en una risotada histérica que resonó contra las láminas del techo. —¡Ja, ja, ja! ¡Ahora recoges todo! —ordenó con rabia, señalando el suelo cubierto de metal esparcido.
Pero la orden quedó congelada en el aire.
Antes de que El Toro pudiera parpadear, la mano derecha del viejo Sato se deslizó con la velocidad y la precisión de una serpiente bajo la solapa de su delantal azul. En un único movimiento fluido y entrenado por años que solo la experiencia de vida otorga, Sato sacó un revólver metálico pesado de calibre 38. El cañón de acero pulido reflejó la luz roja del sol Poniente mientras apuntaba directamente al centro de las cejas de El Toro.
—¡Alto! —sentenció Sato.
El sonido del gatillo al ser amartillado hacia atrás resopló en el silencio absoluto que invadió el taller.
El Toro se petrificó al instante. Toda la arrogancia, la bravuconería y la violencia física que lo caracterizaban se evaporaron en una fracción de segundo. La sonrisa de sus secuaces desapareció de golpe; ambos dieron un paso instintivo hacia atrás levantando las manos.
El Toro tragó saliva de forma audible. Sudor frío comenzó a brotar de su frente. Lentamente, elevó ambos brazos a la altura de sus hombros, abriendo ampliamente las manos para mostrar que no estaba armado.
—Tranquilo, viejo… tranquilo —balbuceó El Toro con la voz quebrada, con los ojos desorbitados fijos en el oscuro cañón que no temblaba ni un solo milímetro en las manos firmes de Sato.
Sato no pestañeó. Sostuvo el revólver con una solidez implacable, demostrando que detrás de esa camisa colorida y su apariencia inofensiva se escondía un hombre que había visto cosas mucho más peligrosas que tres pandilleros de poca monta.
El mecánico desvió ligeramente la mirada por encima del cañón, mirando directamente hacia adelante, fijando la vista como si observara al espectador cara a cara, y dijo con voz firme y categórica: